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Hablando….¿solo?

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Varios estudios científicos han demostrado que hablar solo no tiene nada de descabellado, al contrario conlleva una serie de resultados positivos: auto-persuasión, confianza en uno mismo, incremento de autoestima, memoria, concentración…

 

Todos necesitamos de un confidente con quien poder hablar, alguien que nos escuche y nos comprenda, por lo que es posible, e incluso sano, darse al menos cinco minutos para decir todo lo que uno lleva por dentro de manera libre y franca en voz alta. Incluso, los psicólogos recomiendan que uno se hable como si le hablara a un amigo, o sea con todo y un sobrenombre agradable, que demuestre aprecio a uno mismo.

 

Incluso, el mencionar nuestro propio nombre y el de los seres queridos en voz alta ayuda a mejorar el control de nuestros sentimientos.

 

De hecho decirse halagos y frases positivas, sobre todo enfrente del espejo, ayuda a tener una visión más optimista de cualquier circunstancia o acontecimiento. 

 

Además, todos requerimos por naturaleza la necesidad de ser reconocidos por lo que somos y por lo que logramos, ya sea grande o pequeño. Por eso no es raro que un niño, adolescente o incluso adulto realice acciones que no son correctas, ya que busca ser reconocido aunque sea por acciones negativas.

 

El investigador Ethan Kross explica en un artículo de la Harvard Business Review que preparar una conferencia, discurso, examen o cualquier otra presentación oral hablándose a sí mismo en segunda o tercera persona, ayuda a que uno esté más tranquilo y su exposición sea de mejor calidad, al generar una sensación de confianza.

Además, de multiplicar el razonamiento y la calidad de nuestra reflexión. El hablar solo es una forma de confirmar que estamos totalmente dedicados a lo que hacemos. Hablamos en voz alta cuando nuestra acción requiere de cuidado y precisión.

 

Hablarse en voz alta es una señal positiva del desarrollo personal de los infantes. Sin embargo, al llegar a la pre-adolescencia – etapa en la que las normas sociales han sido integradas– el diálogo con uno mismo tiende a detenerse, porque el niño entiende que es una acción que “no se debe de hacer”, ya que puede ser un factor de marginación. A la edad adulta, esta tendencia puede resurgir debido a la presión, estrés y ansiedad del día a día, haciendo que las inhibiciones desaparezcan. 

 

 

Este artículo fue desarrollado por

Laura Tejeda Meza

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